Reconecta con tu inteligencia vital. Jordi Pigem, filósofo.

 

 Hay una inteligencia inconsciente que late en toda forma de vida y que regula lo que somos y lo que hacemos.

La ciencia apenas si puede entenderla y nuestra cultura tiende a destruirla. Sin embargo, es una fuerza tan poderosa que podemos verla, sentirla y alinearnos con ella en favor de nuestra autorrealización.

 

¿Qué es lo distingue a una rosa de una roca, a una hoja de roble de una hoja de papel?

Desde la filosofía griega a la ciencia contemporánea, se han multiplicado los intentos de explicar qué es la vida, pero todos saben a poco. La incesante renovación de la vida desbordada lo que la mente puede concebir: incontables variedades de formas y estructuras, de hojas y ojos, de órganos y organismos, incontables maneras de estar en el mundo, de expresarse y de relacionarse. Cuanto más estudiamos la vida, más vemos que es un prodigio.wallpaper-naturaleza-1920x1200-2078-b05e242f

 

Vivir es nacer a cada instante.Nuestras células se renuevan continuamente, y eso deberíamos hacer también nosotros. La ciencia del siglo XXI muestra que todo lo vivo, desde el nivel celular, está dotado de sensibilidad. Y de algún tipo de inteligencia. Podemos llamarla inteligencia vital, la inteligencia connatural a todo lo viviente. No hay vida sin inteligencia ni inteligencia sin vida. Darnos cuenta de ello es una invitación a reconciliar la vida y la inteligencia, el cuerpo y la mente, y a rencontrar nuestro lugar en el mundo.

 

La  luz no puede entenderse a partir de la oscuridad. La vida no puede entenderse a partir de la no-vida. La luz y la vida solo pueden entenderse a partir de sí mismas. ¿Por qué seguimos intentando reducir la vida a lo mecánico y a lo insensible? Hace cuatro siglos, Descartes declaró que solo los seres humanos tenemos inteligencia y sensibilidad y que todos los demás organismos actúan de manera ciega y mecánica. Siguiendo su rastro, hemos tomado como modelo lo que es abstracto y sin vida: creemos que es real lo que es racional y cuantificable, no lo que es vivo, cualitativo y concreto. Como escribía Emerson, poeta y pensador norteamericano: «  Para la mente apagada, toda la naturaleza es aburrida. Para la mente despierta, el mundo entero fulgura y destella con su luz ».

 

Si preguntamos qué es la vida, las palabras «belleza» y «prodigio» vendrían a la mente de muchas personas, incluidos los más eminentes biólogos, como Charles Darwin, que culmina El origen de las especies con un elogio de cómo la vida genera una y otra vez las «formas más bellas y maravillosas». Desde Darwin, sin embargo, hemos desarrollado una visión de la vida (mecánica y competitiva) a imagen y semejanza de un ego que se siente separado de la naturaleza y de los demás, que querría controlar un mundo mecánico y que no sabe vivir sin competir. Nos hemos erigido como sujetos que quieren analizar la vida como objeto. Pero entonces se desvanece nuestro arraigo en el mundo. Y se desvanece la vida, porque no es un objeto.

La vida no se deja fosilizar en una formula. Se empieza a decir que es necesario «dar vida a la biología» y «construir una biología digna de la vida». ¿Es posible una biología que sea plenamente científica y no reduzca la vida a la no- vida?

Es posible y ya ha nacido. Está desarrollándose una forma de entender la vida que a veces se llama «post- darwinista» o «post- genómica», porque recoge lo que hemos aprendido de Darwin y del genoma, pero lo integra en un contexto más amplio y lleno de sentido. Como pregunta Yann Arthus Bertrand en el documental Home: « ¿Qué sabemos de la vida en la tierra? ¿Cuantas especies conocemos? una décima parte, ¿tal vez una centésima? ¿Qué sabemos de los vínculos que las unen? «La tierra es un milagro. La vida sigue siendo un misterio».

 

La escisión entre el cuerpo y la mente es el trauma originario de la cultura occidental. Se manifiesta en tres rasgos acentuados en las culturas de raíz judeocristiana: el miedo a la muerte, la incomodidad ante la sexualidad y la actitud colonial ante la naturaleza. Durante siglos rechazamos la naturaleza, el cuerpo y la sexualidad (el mundo «terrenal») en aras de un supuesto paraíso celestial. Hoy ha quedado eclipsado por los paraísos artificiales de la tecnología, pero la escisión entre la mente y la vida se mantiene bajo otras formas. Por ejemplo, hay multimillonarios que buscan la inmortalidad convirtiendo su cerebro en datos digitales y copiándolo en un software (han sido engañados por la tecnocracia, que nos quiere hacer creer que la vida tecnológica es la vida verdadera).

 

La cultura contemporánea asocia la inteligencia con la tecnología más que con la vida. Ignoramos la inteligencia que late en todo lo vivo, y en cambio proliferan las utopías relacionadas con la llamada «inteligencia artificial», que nunca es verdadera inteligencia, sino simple capacidad mecánica de aplicar reglas de manera rígida y ciega. Ella refleja nuestra profunda escisión cultural entre la vida y la mente, entre la inteligencia y la naturaleza- una herida que tenemos cubierta pero no curada-. En un extremo hemos situado la inteligencia (que creemos exclusiva de los humanos y de las tecnologías que inventamos) y en el otro la vida de los seres unicelulares y multicelulares (que imaginamos desprovistos de interioridad y de sensibilidad). Es una versión aparentemente científica del antiguo dualismo entre el alma celestial y el cuerpo caído.

 

Hoy está muy extendida la creencia de que somos máquinas programadas y dirigidas por nuestros genes, simples robots. Eso se basa en especulaciones que han quedado superadas por la evolución de la biología. Pero esta creencia, aunque en la buena cienciano se sostiene, sigue impregnando el imaginario colectivo, asaltando la dignidad de la condición humana, ignorando el misterio de la conciencia. Hay una enorme diferencia entre sentirse robot y sentirse lleno de vida, entre sentirse participe de un universo lleno de sentido. Ello tiene enormes repercusiones en la vida personal y colectiva, es necesario ver el organismo no como un resultado accidental de mecanismos genéticos sino como un conjunto que tiende de manera integrada hacia su propia realización.

 

Las múltiples inteligencias humanasson la punta del iceberg de una inteligencia inconscientemente más amplia y profunda. Una inteligencia inconsciente guía todo lo que realizamos de manera espontánea, desde el ritmo de la respiración y el latido del corazón hasta caminar, hablar o crear. Hoy estamos dándonos cuenta de que la inteligencia y la vida no son ámbitos separados, Hay una clara inteligencia en los primates, en los delfines y en los córvidos. Y la ciencia del siglo XXI también encuentra inteligencia en la vida vegetal e incluso en los organismos unicelulares. En 1983, al recibir el Premio Nobel de Medicina y Fisiología, Bárbara Mac Clintock dejó claro que en la célula debe haber «algún tipo de mecanismo de sensación» y que habría que investigar su capacidad de «conocimiento» y como usa este conocimiento con sensatez. En todo organismo hay alguna forma de inteligencia. No hay vida sin inteligencia ni inteligencia sin vida.

 

Aprender de la naturaleza, en vez de querer dominarla, es la idea central de una disciplina que nació a finales del siglo XXI: la biomimética o biomímesis. La biomimética es el estudio de la inteligencia y creatividad de la naturaleza a fin de diseñar materiales, procesos y estructuras más eficientes y más llenos de vida. Su fundadora, Janine Benyus, contempla la naturaleza como modelo (la hoja del árbol como modelo para la energía solar), medida (cuanto más nos acerquemos a los diseños de la naturaleza, más probable es que sean funcionales, ecológicos y duraderos) y mentora (la naturaleza no como objeto a explorar, sino como maestra).

 

La naturaleza es un modelo a la vez para el artista y para el ingeniero. Estudiando el vuelo de las aves, Georg Ruppell se preguntaba si con lo que sabemos de ingeniería y aeronáutica podríamos «diseñar un ave mejor». Podemos combinar las mejores características de cada especie y retocar todos los parámetros, pero vemos que «no es posible intercambiar arbitrariamente las características de las diversas especies de ave». De hecho, ni tan siquiera seriamos capaces de producir algo en apariencia tan simple como la pluma de un pájaro.

 

El corazón tiene neuronas, más de cuarenta mil, con sus propios neurotransmisores. Modula su actividad en función de lo que requiere el cuerpo, y es el único órgano que envía más información al cerebro que la que recibe él. La ciencia confirma lo que parecen haber intuido todas las lenguas. Podemos describir lo esencial de una persona refiriéndonos a su corazón: «de buen corazón», «corazón de piedra». Del corazón decimos que nos lo pueden atravesar, que se puede partir, quebrar,helar o encoger. En latín Cor resuena en recordar, «cordial», «coraje», «concordia» y muchos otros vocablos. Y si al decir «yo» o «moi» hacemos un gesto con el dedo, no señalamos la cabeza, sino el corazón.

 

Los billones de células de nuestro organismo se coordinan con una inteligencia prodigiosa y apenas explicable. Podemos entender la salud como un aspecto de la inteligencia vital, que dirige hacia la armonía y la plenitud la gran sinfonía que a cada momento es nuestro organismo. Un deterioro de esta inteligencia puede expresarse, por ejemplo, como enfermedad crónica. La desaparición de la inteligencia vital equivale a la muerte.

 

Cada día participamos en un triple prodigio. Primero, el prodigio de todas las formas de vida que hay a nuestro alrededor, con su complejidad, su belleza y su inteligencia. Segundo, el prodigio de la vida que late en nosotros, en nuestros billones de células y en todos los ritmos y procesos del organismo, orquestados con una exactitud que desborda nuestra comprensión. Tercero, el prodigio de nuestra existencia como seres conscientes, capaces de preguntarnos acerca de nosotros mismos.

 

Una manera radical de transformar el mundo es superar el dualismo entre inteligencia y vida (y sus dualismos gemelos: entre cultura y naturaleza, entre mente y cuerpo). Cuando conseguimos reconciliar la inteligencia y la vida, pasamos de sentirnos solos en un mundo inerte y absurdo, mecánico y ajeno, a participar en un mundo mucho más complejo y menos predecible, pero también más vibrante y más lleno de vida y de sentido.

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